Juan Carlos Chebez, El Nombrador
de Claudio Bertonatti, el miércoles, 18 de mayo de 2011 a las 10:27
(1962-2011)

En un país con políticas de Estado ausentes e instituciones frágiles, una persona puede resultar fundamental. Es el caso de Juan Carlos. Su visión era la de un estadista ambiental. Sus “tratados” sobre las especies amenazadas (“Los que se van”) y las áreas naturales (“Guía de las Reservas Naturales de la Argentina”) ponen de manifiesto su capacidad y claridad para poner las cosas en su lugar. No hubo gestor ni difusor más prolífico que él en el periodo de tiempo que lo tuvimos entre nosotros.

Por eso, le debemos mucho. Entre otras cosas, el haber sacado del anonimato popular especies ignotas. Pensemos, acaso, antes de él, ¿cuántos habíamos escuchado hablar de la mojarra desnuda del Valcheta, de la lagartija del Nihuil, del loro pecho vinoso, del ratón de los guindales de la Isla de los Estados o del pato serrucho? No solo eso, su conocimiento sobre la biología y estado de conservación de estas especies era tan minucioso que rápidamente las transformaba en una leyenda viviente. Otro tanto sucedía con esas áreas perdidas, por las que luchó incansablemente. Fuera de Misiones y del querido Alberto Roth, ¿quién había oído antes de Juan Carlos el topónimo Urugua-í? Él resucitó esos y otros nombres olvidados, como las Selvas de Montiel, el Salar de Pipanaco y la Meseta del Somuncurá, entre muchísimos otros, por los que trabajó para su protección y con un éxito logrado a fuerza de su poder de convicción.

Fue el primer defensor de esos lugares olvidados y de las especies pequeñas que habitan en lugares remotos y que en su mayoría no tenían ni siquiera un nombre vulgar. Las estudió, las divulgó e intentó -o logró- protegerlas estimulando la creación de nuevas reservas naturales. Hasta les dedicó poesías y les cantó. ¡Más no pudo hacer!

¡Claro que tuvo defectos! Pero inofensivos para con los demás y minúsculos si se dimensiona el conjunto de su persona. Pero todo grande incomoda. Por eso no le faltaron detractores y aclaremos: “con título”, que sin otro motor que su mediocridad lograban amargarlo en sus intentos discriminatorios, dado que Juan Carlos –hasta hace muy poco- no ostentaba un diploma universitario (solo recientemente había sido distinguido como Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires). Pero –como suele decir mi madre- “la envidia es un móvil poderoso” y más cuando se ocupan “territorios” que seres oscuros creen propios. Pero me consta algo mejor: eran una minoría despreciable e intrascendente. Los Grandes de la talla de José M. Cei, Marcos Freiberg, Elio Massoia, Julio R. Contreras Roque, Tito Narosky, Jorge H. Morello y Hugo López no solo lo alentaron, sino que cultivaron su afecto, amistad o admiración. Es que Juan Carlos fue muy generoso y cuidadoso: no solo procuraba citar la autoría de cada dato sino que invitó a compartir sus trabajos (en muchos casos, innecesariamente) con cuanta persona se interesara por una especie o un lugar en particular. Bastaría repasar cualquiera de los tomos de “Los que se van” para comprobarlo. Por eso tampoco le faltaron actos de justicia, como el reconocimiento del gran Museo de La Plata ante sus aportes en el campo de la ictiología o “El Quijote de la Conservación” que le hizo conferir el Méd. Vet. Fidel Baschetto y la “Pluma de Plata” que le entregó Aves Argentinas. Recordemos también que los especialistas Ulyses Pardiñas, Pablo Teta y Guillermo D´Elía le dedicaron una especie de mamífero misionero que hoy lleva su nombre: Abrawayaomys chebezi. Para un naturalista no hay mayor honor y ese orgullo no se lo sacó nadie.

El Nombrador (como bautizó su cuenta de correo electrónico) descansa tranquilo. También será nombrado. Y por muchas generaciones, mientras reposa nuestro “Sacha Juan” cerca de un lapacho rosado que eligió de sombra eterna.

Claudio Bertonatti
18 de Mayo 2011

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Lo superfluo por lo necesario

Por Obdulio Menghi *

Todo ser viviente, por el hecho mismo de existir, contribuye a la evolución del ecosistema en que habita. Los ecosistemas evolucionaron en ausencia del Hombre. No se trata, entonces, de pretender bloquear la evolución de nuestro planeta y de poner la naturaleza en una lata de conserva. Lo que sí se impone es impedir que el Hombre, por sus actividades, comprometa el funcionamiento del sistema y, de esa forma, no sólo sus futuras posibilidades de intervención, sino también de su propia supervivencia.

La importancia de los disturbios ambientales en la vida de los países revela que han alcanzado niveles que ya no es más posible desestimar. Desde que el Hombre supo hacer fuego, fabricar herramientas, cultivar plantas y domesticar animales, ha perturbado a menudo gravemente el funcionamiento de los ecosistemas. Sin embargo, el Hombre no puede permitirse más el lujo de tratar los problemas ecológicos con el desparpajo y la irresponsabilidad actual. Sería infantil y tonto creer y afirmar que la ciencia resolverá todos los problemas: nadie duda del triunfo del conocimiento que ha permitido comprender las reacciones nucleares, sintetizar nuevas moléculas, viajar fuera de nuestra atmósfera y resolver tantos otros delicados problemas que enfrentó y enfrenta el Hombre. Sin embargo, no debemos dejarnos llevar por el triunfalismo idealista, de tradición positivista, de que la ciencia está ahí para defendernos. La ciencia y su expresión más mediata, la tecnología, también han demostrado muchas veces su alta nocividad. Los conocimientos científicos no han impedido el desarrollo de estrategias erróneas que han comprometido y comprometen seriamente la economía humana y la economía de la naturaleza.

Es de esperar que todos aquellos llamados a tomar decisiones, cualquiera sea su tendencia ideológica, se ocupen de una vez por todas del problema ambiental que aqueja a los pueblos, y que se den cuenta de que el progreso, el crecimiento económico, social, cultural o político de las comunidades humanas, es decir el desarrollo, no es posible si no se respetan las básicas leyes del entorno que nos permite vivir.

* Presidente de la Fundación Biodiversidad


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Greenpeace y el oro

Sres. de "ecodigital":

He leído detenidamente el artículo sobre la minería del oro y me pasó lo que me pasa cada vez que leo las posturas de Greenpeace: me convenzo de que esta entidad quiere volver a la era de las cavernas y todo lo que tiene que ver con la posibilidad de crear riqueza en los países en vía de desarrollo es atacado, ya sea un proyecto minero o un proyecto de tecnología nuclear.

En este artículo las estrategias son realmente tragicómicas: primero citando datos falsos y fuera de contexto habla de la inutilidad del oro, haciendo la vista gorda a las pizarras de los mercados donde este metal llega a los valores más alto de la última década.

Paralelamente, sugiere un abandono del oro en los usos humanos por su costo ambiental al que enmarca en cifras estadísticas inválidas para las explotaciones sudamericanas.

A esto suma la agitación de accidentes y, aunque reconoce que son accidentes, en vez de militar por la búsqueda de tecnologías seguras, quiere detener la actividad económica (la que también quiere deslegitimar con datos que no tienen ni pie ni cabeza) pasando por alto la búsqueda de mejores niveles de vida para nuestra población

¿O quizás deja para la próxima entrega la receta de cómo vivir del aire, o del trabajo ajeno, como su institución?

Atte.
Juan Pablo A. Dalmasso
Córdoba (Argentina)

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En favor de las aves

Editorial del diario "La Nación" *

Ante la paulatina degradación de los habitats, la contaminación ambiental y el tráfico ilegal de fauna que pone en gravísimo riesgo a las aves silvestres y a los ambientes en que viven, es muy positivo que todos los argentinos apoyemos los esfuezos de quienes han comprendido la importancia de la conservación y la preservación de la diversidad biológica. De allí, la trascendencia de la reunión multidisciplinaria efectuada en Buenos Aires para presentar el programa "Areas de importancia para la conservación de las aves en la Argentina", que contó con la presencia, entre otras personalidades, de doce representantes del consejo mundial de BirdLife international, la mayor confederación internacional de entidades ornitológicas.

Dicho programa determina cuáles son los sitios clave del mundo aptos para lograr el objetivo de preservar y conservar la biodiversidad. Han sido ubicados 7000 lugares de esas características, en 130 países. Pero la labor es tan intensa y sostenida que se prevé llegar a 12.000 áreas para la protección de las aves silvestres amenazadas, durante 2004. Africa y Europa ya han difundido la selección de sus áreas, mientras que en los demás continentes se está avanzando en esta cuestión. Los países integrantes de la Unión Europea, por ejemplo, promueven sanciones para quienes no colaboren con la protección, marcando un rumbo que señala una política cuya aplicación también sería, sin duda, sumamente deseable para el Mercosur.

Mediante la coordinación local de Aves Argentinas se dio a conocer, pues, la ubicación de las primeras seis áreas de nuestro país. Ellas son las de Sierra Morena (Misiones), Bañados del Saladillo (Córdoba), El Ñandubaysal (Entre Ríos), Cuenca del Aguapey (Corrientes), Reserva Ecológica El Bagual (Formosa) y Reserva Natural Otamendi (Buenos Aires). Además, fueron evaluadas otras 300 áreas y aún resta efectuar un taller sobre la Patagonia.

Los argentinos -fue subrayado- debemos hacernos responsables de la conservación de las áreas de pastizales, seriamente amenazadas en todo el globo por causa de la incidencia creciente de las explotaciones agrícolas, ganaderas y forestales, que arrinconan y amenazan a 20 especies diferentes de aves. Es altamente plausible que nuestro país contribuya
al mantenimiento de las propiedades naturales de sus ecosistemas, desarrollando su uso sostenible y teniendo presente que se trata, sencillamente, de preservar el mejor entorno para el futuro de nuestros hijos.

* Miércoles 26 de Noviembre de 2003
Web: http://www.lanacion.com.ar/03/11/26/do_548726.asp

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La lección de la diuca

Por Edgar Morisoli *

La Pampa y el largo Sur en que se inscribe, la Patagonia toda, constituyen una región austera y heroica, curtida de olvidos y despojos, pero a la vez hermosa y hechizada. Vivimos en una tierra mágica, cuyo pacto de existencia con el Universo se renueva día a día. O mejor dicho, noche a noche.

Porque al filo del alba, cuando todavía la oscuridad es absoluta y relumbra más fuerte Wünyelfe, el lucero de la madrugada, el mundo afronta la pregunta decisiva, la duda mayor: ¿amanecerá? El porvenir se juega a suerte o verdad. El día o la nada. La continuidad de la vida -sólo posible con el sol-, o su interrupción y el cese de la maravilla cotidiana.

Encrucijada tremenda, disyuntiva final que en ese momento único de la noche, de cada noche, coloca a todo lo que se alienta sobre la tierra ante el “cara-o-ceca” de la Muerte o la Vida, ante el universo o reverso del naipe del Destino.El mundo vacila y se estremece. El mundo queda en vilo frente a esa horqueta de senderos, que se reitera inexorable.

... Y un pájaro lo salva. Noche a noche, un pájaro salva al mundo. Un pajarito pequeño, “gris plomizo, vientre y garganta blancos”, que en el instante crucial, en el inmenso silencio de la noche patagónica, canta. Rompe y canta. Y amanece.Es ella, la diuca. (La rucadiuca, la aurorita, la yuquita del cariño infantil). Y la vieja sabiduría del hombre de la tierra, la siempre verde palabra del pueblo, así lo enseña con su síntesis poética: “La diuca no canta porque vaya a amanecer, sino para que amanezca.”Aprendamos su lección.

* Escritor y poeta santafesino radicado desde hace varias décadas en La Pampa. Ha hecho del paisaje y del hombre patagónico el protagonista central de sus obras. Es uno de los responsables máximos de los distintos emprendimientos realizados para el aprovechamiento hídrico de la región, y es y ha sido defensor activo de los ecosistemas pampeanos. Autor de varios libros, entre los que se destacan “Obra Callada”, “Salmo Bagual” y “Hasta aquí la canción”.

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Una alternativa para el Yacaré

Por Guillermo Puccio *

Anoche, un noticiero televisivo mostraba algo poco común en los medios masivos argentinos: una nota sobre la comercialización de la carne de yacaré. Para una especie urbana (como nosotros que vivimos en Buenos Aires, y como tantos otros argentinos que "descendemos de los barcos"), ver a un carnicero de barrio mostrando en TV los diferentes cortes y posibilidades de preparación de exquisitos platos con carne de caimán, resulta más que curioso.

Consumir su carne ¿atenta contra la conservación de los yacarés, especie que estuvo amenazada de extinción en la década del ochenta? ¿Qué debemos hacer para que no desaparezca? El dilema de la conservación puede resolverse con una sola filosofía: la de utilizar sin destruir.
El Iberá y demás ambientes acuáticos del norte argentino son percibidos por los productores "tradicionales" como de poco aprovechamiento. Escuchamos muy a menudo que hay que drenar los humedales (o bañados, como dicen nuestros paisanos), para cultivarlos con vaya a saber qué cereal de moda, o para forestar con pinos exóticos, o simplemente cultivar arroz. O los inundamos con una represa.

Desafortunadamente para la conservación, estos "genios productivos" son escuchados muy atentamente por nuestra clase dirigente en más de una oportunidad. Es así como aberrantes proyectos encuentran tierra fértil para terminar en pocas semanas lo que la evolución le llevó miles de años en construir. Por ello, hay que darle un valor al hábitat para que no desaparezca.

¿Cómo hacerlo si no nos enseñaron que existe un punto intermedio entre la destrucción y la preservación a ultranza?
Nuestros hijos ya aprenden en la escuela que el planeta sufre, y que desaparecen cientos de especies día a día. A nosotros nos queda la ardua tarea de aprender, por nosotros mismos, que la naturaleza puede ser aprovechada sin transformarla, destruirla o aislarla completamente del ser humano.

En la actualidad, existen dos proyectos de Cría en Granja de yacarés en Argentina. El "Proyecto Yacaré" llevado a cabo por la Provincia de Santa Fé y el INTA, y otro en el refugio de "El Cachapé", Chaco, desarrollado por la Fundación Vida Silvestre Argentina.
La Cría en Granjas se fundamenta en la extracción del medio natural de huevos que serán incubados y sus crías alimentadas, hasta llegar a un tamaño que le permita sobrevivir en el medio natural (para especimenes introducidos al hábitat), y/o a un grado de madurez que permita su aprovechamiento comercial (cuero, carne, etc.).

Como todo en este mundo, la aceptación del consumidor y el control del sistema (identificación del origen legal) son claves para el éxito. Si logramos incorporar al uso sustentable en nuestro modo de vida, no solo estaremos ayudando a conservar al yacaré, sino que estaremos valorizando su hábitat natural. Agradecidos estarán los aguará guazú, carpinchos, yabirús, patos coronderos, ciervo de las pampas y ñandúes, juncos, totoras y plantas flotantes.

NOTA: En Argentina podemos encontrar dos tipos de yacaré: el yacaré negro (Caiman yacare), incluido en el Apéndice II de la CITES, comercio internacional regulado; y el yacaré overo (Caiman latirostris) incluido en el Apéndice I, comercio prohibido, con excepción de la población bajo manejo del Proyecto Yacaré que está en el Apéndice II.

* Fundación Biodiversidad.


El avance de la soja

 

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NOTICIAS
Ensuciando el cosmos

Se calcula que los seres humanos ya hemos generado 6.000 toneladas de basura espacial.
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Ponerse las pilas
Greenpeace exigió a las empresas que se responsabilicen de las pilas y baterías usadas.

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ANIMALES
El carancho

Lo más característico del carancho es su manera de caminar. Con pasos largos describen un movimiento bamboleante y picotean el suelo constantemente buscando su alimento.





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